jueves, 24 de marzo de 2016

El tigre no tiene prisa.







El viento entrega un hisopado en la ventana y varias sublevaciones de la tarde junto al caserío. Ninguna estirpe de dragón asomará en la selva para encender una hoguera entre amigos. Entonces habrá que sutilmente conformarse con la llamita pobre de un fósforo encendiendo un mechero.

Hay asimetría entre las piedras y un estofado de humedad que atrevidamente corona un cuadro de abandono en la estructura de la casa. Los torpes movimientos de las manos del cazador se deben al hechizo del alcohol.

Son los minutos expectantes del sigilo que entronizan el espanto.

Hay mucha rabia contenida en un mosquete y una apuesta a la elegancia del tiro, pero ninguna certeza. La paciencia del tigre asusta a los ojos más sedientos de carne y gloria.

Repentinamente, una lluvia asoma en el paraje y requiebra la mansedumbre tras un apetito de color y muerte; la fiebre inmensa se apodera de la sangre mientras se estira el aliento en un otoño.

El cazador toma su mosquete y abre la puerta. No tiene ilusión de encontrar el contenido de su historia ni la razón vital de su vida. Está preso en su celda.

Un cartucho será suficiente para destronar a la fiera.

La lluvia arrecia sobre el prado y ya la tarde termina su colage sobre el paraje anunciando que otro espectro dominará el día.

El cazador frente a los ojos del tigre, enfunda el arma y dispara, mas no al tigre sino a si mismo. El tigre no tiene prisa.

Ya amanecerá y habrá otro tegumento alimentando el polvo.


BY: EL ARPONERO DE LA TINTA

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