El viento entrega un hisopado en
la ventana y varias sublevaciones de la tarde junto al caserío. Ninguna estirpe
de dragón asomará en la selva para encender una hoguera entre amigos. Entonces
habrá que sutilmente conformarse con la llamita pobre de un fósforo encendiendo
un mechero.
Hay asimetría entre las piedras y
un estofado de humedad que atrevidamente corona un cuadro de abandono en la
estructura de la casa. Los torpes movimientos de las manos del cazador se deben
al hechizo del alcohol.
Son los minutos expectantes del
sigilo que entronizan el espanto.
Hay mucha rabia contenida en un
mosquete y una apuesta a la elegancia del tiro, pero ninguna certeza. La
paciencia del tigre asusta a los ojos más sedientos de carne y gloria.
Repentinamente, una lluvia asoma
en el paraje y requiebra la mansedumbre tras un apetito de color y muerte; la
fiebre inmensa se apodera de la sangre mientras se estira el aliento en un
otoño.
El cazador toma su mosquete y
abre la puerta. No tiene ilusión de encontrar el contenido de su historia ni la
razón vital de su vida. Está preso en su celda.
Un cartucho será suficiente para
destronar a la fiera.
La lluvia arrecia sobre el prado
y ya la tarde termina su colage sobre el paraje anunciando que otro espectro
dominará el día.
El cazador frente a los ojos del
tigre, enfunda el arma y dispara, mas no al tigre sino a si mismo. El tigre no
tiene prisa.
Ya amanecerá y habrá otro
tegumento alimentando el polvo.
BY: EL ARPONERO DE LA TINTA

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