Atacar la corrupción frontalmente
y con decidido pulso, es separar de todo cargo a cualquier funcionario salpicado
de negociados y actos que envilecen el cometido de la función; es juzgarlo como
a cualquier delincuente sin fueros ni guiños institucionales que puedan entorpecer
el proceso; es exonerarlo de la función pública y confiscarle todos sus bienes
y, fundamentalmente, condenarlo a prisión efectiva en una cárcel común.
Cuando este precepto sociológico, normológico y ético se cumpla cabalmente, entonces renacerá nuevamente la república y volverá la sonrisa del pueblo a flamear como la bandera que nos legó Belgrano, azul como el cielo y blanca como la pureza. El sol será entonces la justicia que resplandecerá en todo el territorio de la Nación, junto a la magia de hombres y mujeres libres del calvario de los poderes corruptos y anodinos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario