UNA EXQUISITA COLABORACION DE UN ESCRITOR ARGENTINO PARA MI BLOG
El escritor argentino Marcelo Galliano acaba de ganar
el segundo premio del Certamen literario auspiciado por el taller Macedonio
Fernández y el Centro de Médico de Lomas de Zamora.
Galliano obtuvo el galardón con su relato “Tiempo de
descuento”, una narración en primera persona que plantea la relación entre un
médico y un paciente en estado de inconsciencia
El concurso, que otorga 17000 pesos en premios, contó con un
jurado de excepción integrado por Claudia Piñeiro, Laura Massolo y Roberto
Ferro y la organización de Roxana Palacios
Éste es el
galardón número 35 en la carrera de Marcelo Galliano
Su obra:
Tiempo de descuento
de Marcelo Galliano
Y ahora, justamente ahora, que es cuando tendría que tener la cabeza más
fría que la luna, me acuerdo del penal, de aquella vez, de cuando todavía ni
pensaba en ser el Doctor Zuvillaga, ese que todos aquí saludan y admiran, el
que, según dicen, es de los buenos, porque hasta les da bola a los viejitos y
no se los saca de encima con el siga tomando lo mismo que está hecho un pibe.
El penal, sí. Qué puta es la memoria, eh. Qué mina irresistible y
peligrosa que se viste de apuro después de hacer el amor y dejarte con su
perfume a tristeza. Mirá que venir a acordarme del penal en este momento, en
estos pasillos que camino hace años y en los cuales ahora voy a encontrar
a mi vieja llorando y a mi hermana diciéndole una mentira al oído, un falso
consuelo, y a la tía Chola, claro, que ya debe andar por el quinto Padre
Nuestro o el tercer Ave María, y quién te dice que también a los primos que no
veo desde la comunión, y hasta los dos o tres amigos de mi papá a los que,
apenas recibido, les tomaba la presión sin cobrarles y les regalaba alguna
muestra de Lotrial, diciéndoles que aflojaran con la sal y el Cinzano con
fernet.
Sí, ahora los voy a encontrar a todos, qué duda cabe, deben estar en la puerta
de la habitación esperándome, preguntándose por qué todavía no llegué,
con miedo a que les confirme lo que ya saben, con las bocas llenas de adónde
se habrá metido, capaz que se fue a fumar un pucho, no digas
pavadas, te creés que los médicos no son humanos, si hasta dicen
que en las guardias…
Y yo sé que no voy a hacer nada, que voy a llegar y a lo sumo mentiré un hay
que esperar, o un se está haciendo todo lo posible y otra sarta de
huevadas de las que siempre echamos mano los médicos cuando ya no hay nada que
hacer, cuando una vez más la vida te demuestra que tu profesión es una pelea
perdida, cuando no tenés los cojones para soportar que el que hoy se está muriendo
rodeado de cables es tu viejo, justo tu viejo, y el asunto te queda
grande como tirar el penal del triunfo en el minuto 93.
Minuto 93, dije, y me parece estar viendo la escena. Sí, ya estoy enfilando
para la sala de espera, sigo por estos pasillos que hoy más que nunca huelen a ese
pesado aire de Espadol y rabia adormecida, pero estoy viendo aquella
escena. Sigo y ya podría percibir a lo lejos ese montoncito de
familiares murmurantes y llorosos que esperan un parte o un pésame de un guardapolvo
blanco como el mío. Pero la puta (la memoria, digo) es verdaderamente puta y
sabe su oficio como pocas, y me saca de la mano y me lleva treinta años
atrás…
El equipo del colegio había jugado un campeonato de esos que ni te cuento. Yo
era un tronco que me la pasé en el banco en los cinco partidos que nos habían
llevado a la final, gracias a los goles de Osuna y de Del Mónico, dos petizos
gambeteadores y ligeros que los rivales no podían parar ni con un lazo.
Pero la vida no es lógica. Lo digo y me río con amargura, como si tuviera que
aclararlo después de quince de años de profesión en los que vi tipos
sobreviviendo a un tiro en la cabeza, y a otros muriéndose por una gripe mal
curada. No es lógica, no, me lo repito ahora cuando ya estoy llegando donde
todos; donde todos, dije, sí, hasta mis primos y la tía Chola (que ahora
está rezando un Salve), hasta los amigos de mi viejo y mi hermana, hasta mamá
que es la primera que me abraza y me pide que entre a la habitación de papá y haga
algo. Algo, sí; algo que ni ella sabe lo que es, algo que ni ella sabe si
existe.
De lógica y de no lógica estaba hablando y a esta última categoría perteneció
aquella final que se endureció inexplicablemente, con un fatal uno a uno,
ya llegando a los 44 del segundo tiempo. Ni sé bien por qué, pero creo que
ellos se veían con más resto físico y querían ir al alargue, y entonces se
pusieron a hacer esos pasecitos estúpidos para que el reloj corriera. Uno de
esos pases les salió corto, y uno de los petisos (Osuna, para más datos)
los primerió robando en la medialuna, metiéndose en la área
grande con la pelota al pié y encarando para el arco. Iba a ser el telón
perfecto, el final a lo Metro Goldwyn Mayer. El arquero iba a salir a
achicar, desesperado, y Osuna, impertérrito, lo iba a dejar en el camino
con un quiebre de cintura para luego tocar la pelota con desdén, casi con
desprecio, y hacerla cruzar la línea de cal como una luna mansa apenas empujada
por el capricho del viento. Pero claro, me olvidaba de decir que Hollywood y la
realidad son dos minas paquetas que toman el té en La Biela fingiéndose
simpatía, pero que cuando menos lo esperás se distancian y se van cada una a
escribir la historia que mejor le parece.
Lo cierto es que ni bien Osuna robó esa pelota y pisó el área, un
defensor (un tal Ledesma, creo) se le tiró encima pegándole un planchazo
de atrás, de esos que a veces quiebran y siempre pican. El enano, que
además de habilidoso era camorrero, ni siquiera reparó en el pitazo del
árbitro. Se levantó y lo fue a buscar al fulano y le rompió la nariz de
un cabezazo que de sólo contarlo me duele a mí.
Para qué decir el resto, el desbande, para qué describir los empujones,
los manotazos de todos contra todos, y el referí con la tarjeta
roja en lo alto dictando lo que nadie podía creer: la expulsión de dos de
ellos, sí, pero también la expulsión de dos de los nuestros, Osuna y Del
Mónico, los tiradores que podían darnos el triunfo con el penal recién
cobrado.
¡Entrá a tirarlo, Zuvillaga! Mi vieja me sigue rogando que entre a
ver a papá y haga algo, pero en mis oídos resuena la voz del técnico, esa frase
que hace tantos años no entendí o que no quería entender: ¡Entrá a tirarlo,
Zuvillaga! Sí, quería que un jugador fresco, el único que
ni siquiera había pisado el pasto en todo el torneo, tirara el penal del
triunfo. Creo que lo miré con sorpresa, o con inocencia, o con miedo, o con
cualquier cara que dijera no, mejor no, yo quiero irme a mi casa
y tomarte una chocolatada y mirar El Zorro y encerrarme en mi
cuarto a hojear una revista con minas en tetas…
Lo miré, sí, al igual que ahora miro a mi madre, sin animarme a decirle que hoy
no quiero ser médico, que por hoy quisiera ser bombero, o equilibrista, o
basurero. Sí, ¿por qué no basurero, e ir por las calles de uniforme, recogiendo
bolsas y lanzándolas al camión, feliz, como un Ginobili de los grillos y
la noche?
El técnico pide el cambio y el cuarto árbitro lo avisa con un cartelito. El
negro Peralta sale acalambrado hasta las orejas y yo entro a la cancha, como
entro ahora en la habitación de papá: con la cabeza gacha y derrotado.
El tiempo reglamentario está cumplido y yo acomodo la pelota en la marca de los
11 metros sin mirar al arquero, de la misma forma que ahora me siento en
una silla al lado de la cama de mi viejo sin mirarlo, sin atreverme
a verlo inconsciente.
Tomo carrera y cierro los ojos, estoy temblando como temblando
estoy en estos momentos, pero en el silencio inamovible del mini estadio, que
es tan parecido al incesante silencio de este cuarto, siento una
voz masculina que grita: “está todo bien, hijo”. Sé que es la voz de él,
lo sé sin verlo, sé que es capaz de cualquier cosa para que yo me calme, cualquier
cosa. Abriendo apenas los ojos corro e impacto el balón con mi pie derecho.
Vuelvo a cerrar los ojos y llevo las manos a la cara. No quiero mirar,
sigo temblando, no quiero mirar. Pero el grito de gol me abofetea y yo
abro los párpados y observo al arquero caído y la pelota clavándose
en un ángulo, inflando la red que se agiganta como un fantasma vanidoso y
blanco, robándole espacio al gris rojizo de la tarde, de ese cielo ahora
sostenido por decenas de brazos en alto.
La gente grita, se trepa al alambrado, invade la cancha y me lleva en
andas. Yo quiero decirles que no, que no fui yo, que no hice nada, que
fue él, que no es merito mío, pero a la gente no le importa, la gente no quiere
saber, la gente…, la gente…, la gente está ahora en la sala de espera y al
igual que hace treinta años no escucha la frase, no, no oye el ‘está todo
bien, hijo’ que yo aquí sentado escucho ahora mismo, sí, sin poderlo
creer lo escucho ahora mismo de la boca de mi padre…, de mi padre que ha
abierto los ojos, de mi padre que ha despertado.
Y como aquella vez, como al festejar aquel penal que hoy se arruga grisáceo en
el pasado, salgo corriendo y grito y mi familia me abraza. Yo quisiera
decirles que no hice nada, que lo hizo él, que fue él, que es capaz de
cualquier cosa porque yo me calme. Pero cómo les explico, cómo se lo digo a
mamá y a la tía Chola; cómo se los hago entender a mi hermana y a los
primos y a los viejos del barrio que ahora me besan, me palmean y me
gritan genio, genio, genio; cómo los convenzo de que la memoria es una puta
irresistible y peligrosa, dispuesta a recordarme que la vida es ilógica…, sí,
que la vida es mágica, caprichosa e ilógica, y que cualquier pata dura
que anda por el mundo, puede un día ser parte de un milagro, y
hacerle, en tiempo de descuento, un inolvidable golazo a la
muerte.
POR MARCELO GALLIANO
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