En una biblioteca olvidada, las
consonantes procuraban un mundial para encontrar a la más selecta entre ellas .
Estaba establecido en el juego
que ninguna tendría mayor preponderancia que cualquier otra. Establecieron un
mecanismo de juego al azar, donde cada consonante equivalía a un número.
El juego no duraría más que una
jornada, luego del cual, cada consonante volvería a su ubicación dentro del
alfabeto.
Usaron un reloj que empotrado en
la pared del amplio comedor marcaba los minutos y las horas, atrapadas entre
telarañas y olvido. Sincronizaron en sus trazos góticos la geografía del mundo
y se mofaron a coro de las vocales.
Habló la "s" de su
prodigioso trazo en transformar lo simple de las palabras en verdaderos conjuntos
tras conformar los plurales.
Habló la “r” que por su impronta,
dignificaba el sonido cacofónico del lenguaje.
Y así, sucesivamente hablaron
todas las consonantes exponiendo la bondad de su existencia.
Hubo solamente una disyuntiva
atroz cuando la “y” no supo definir su condición de consonante, dado que
también coqueteaba entre las letras como “vocal latina”.
Zanjada la discusión por el
arbitrio de la coma, se disputó el mundial de las consonantes.
En la biblioteca no pararon de
batirse a duelo las consonantes, primero : la “j” con la “g” , luego la “b” con
la “v” y finalmente, la “x” con la “w”.
Llegó la medianoche y ninguna
consonante comprendió el error de disputarse el privilegio de ser la más
notable, dado que el tiempo es infalible ante las ojos y la fe de los humanos.
El alfabeto volvió a ser la casa
que cobijara a todas las letras, sin importar su sonido y utilización.
Por convención se eligió a la “z”
como final de la disputa.
(El reloj que atrapado entre
telarañas y olvido, nunca dejó de marcar el contraste entre la vanidad y la
docencia del minuto).
By : El Arponero de la Tinta
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