Toda regulación a la prensa y a los medios de comunicación
en general sobre contenidos de información, no es buena si nace al arbitrio del
gobierno. No debe existir ni presión ni asfixia oficial hacia ningún medio que
publique información contraria a la que el gobierno desearía oír o ver escrita;
tampoco, extorsión en cuanto a privarlo de pauta oficial si persiste con su
línea editorial.
Hay que dejar que todas las voces
se escuchen en todos los formatos (televisivos, radiales y gráficos) y que sea
por decantación la platea quien decida cuál información es veraz y
cuál es tendenciosa.
Hoy, en un mundo globalizado e
interconectado en grado superlativo a
través de la Internet, es arcaico y retrógrado querer negar la pluralidad de
contenidos y pretender masificar una estructura de pensamiento único, dictando
normas que ajusten el pensamiento a un cerebro rector y descalificar todo lo
que no se ajuste a ese ordenador como “no ético”.
No debiera existir jamás un
manual práctico que guíe al periodista a redactar una nota observando en forma
tajante la visión subjetiva del gobernante sobre cómo, qué,
cuándo y dónde informar. Eso sería aceptar condicionamientos a la
libertad de expresión.
Es extremadamente torpe maniatar
a la prensa y a los medios ; pues ellos son los que traducen el devenir de la
historia de los pueblos y de las culturas a partir del relato y la
transformación dinámica de los hechos actuales y realidades mediatas en
símbolos que pueden ser decodificados
por toda inteligencia humana. Por lo dicho entonces, maniatar a la
prensa o a los medios es conculcar el derecho a la realización de los pueblos y
a la negación de su historia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario