martes, 1 de abril de 2014

REDESCUBRIENDO AL AUTOR BAJO LA TINTA

ERNESTO  PAZ  LEÓN

(Poeta y escritor mejicano)


SU OBRA : 

Mundos paralelos (cuento)



Un hombre despierta, se levanta y al dar unos pasos por la habitación piensa: que todo a su alrededor es común y rutinario, tan común y rutinario; que no vale la pena el esfuerzo de asomarse a la ventana y mirar, cómo es que amaneció el mundo.
     Junto a su apartamento y precisamente frente a esa ventana, una mujer madura, pero de carnes aún jugosas, se mira ante el espejo y cepilla con placer la blonda cabellera. El cabello rubio le cae en forma de cascada por encima de los hombros y hace gráciles cabriolas alrededor de los senos. Consciente de su belleza, ensaya pequeñas actuaciones: uno que otro ademán, uno que otro gesto por demás pícaro, para luego; en una mueca de triunfal coquetería, humedecer los suculentos labios en el molusco de su boca. Se ríe de pronto, con una carcajada tan sonora, que el cepillo se le cae de la mano. Entonces, sólo entonces, se da cuenta que está sola... desnuda y sola.
     Ambos viven en el mismo edificio, no se conocen, pero enfrentan con estoicismo la misma soledad. Por separado cada quien vive a su manera, o mejor dicho, “habita a su manera” la difícil transición de un divorcio. La mujer es un alto ejecutivo en una empresa de publicidad. No es feliz, porque además vive enfrascada en un mundo superfluo, donde la apariencia lo es todo; desde el arreglo personal, hasta la actitud triunfalista que debe asumir como buen vendedor de ideas. Él, es sólo un engrane más en una fábrica de alimentos enlatados y como tal, trabaja como zombi por más de diez horas. Aunque tiene un buen puesto dentro de la fábrica, el de supervisor, tampoco es feliz, pues siente que desperdicia su vida encerrado en un robot sin voluntad.
     Todas las mañanas, con puntualidad inglesa, de seis a siete, lo primero que ella realiza es una rutina de ejercicios: caminadora o bicicleta, después algo de gimnasia. Las partes de su cuerpo que más empeño pone en ejercitar, son sin lugar a dudas las piernas, le siguen abdomen y glúteos. Al final, siempre deja algo de espacio para tonificar y mantener en forma las maravillosas pulpas de su pecho.
     Él, como todos los días, se levanta muy temprano y así, con ese método riguroso de la costumbre, realiza sin pensar sus actividades hasta llegar al trabajo. De regreso, después de una larga y agotadora jornada, su mente al llegar a casa se desconecta y se vuelve a poner en blanco. Un cuarto de botella de licor y unas cuantas cervezas frente al televisor, una frugal botana, “remedo de cena” para después irse a la cama.
     A ninguno de los dos, por increíble que parezca, les atrae la vida nocturna, no tienen familiares cercanos y no acostumbran frecuentar amigos, por lo que viven solitarios, cada cual encerrado en su mundo. Está por demás decirlo, pero ellos no tuvieron oportunidad de conocerse y, ni falta que hacía, pues ambos carecían del tiempo necesario para dedicarlo a su respectiva pareja.
     Hoy, la ventana que da al apartamento de enfrente muestra un espacio vacío. Él se mudó de ciudad para iniciar en otra, mucho más grande, el arduo trabajo de la supervisión. Es cierto que sus ingresos más horas extras aumentaron en forma sustancial, pero los alimentos enlatados que tan celosamente vigila, vuelven a ser su única compañía.
     Ella, como todos los días, cepilla una y otra vez la rubia cabellera. Aunque han pasado los años y en su rostro se han marcado ya los pliegues del tiempo, aún ensaya pequeñas actuaciones frente al espejo.

3, 2, 1…

Un hombre despierta, se levanta y al dar unos pasos por la habitación piensa: que todo a su alrededor es común y rutinario, tan común y rutinario; que no vale la pena el esfuerzo de asomarse a la ventana y mirar, cómo es que amaneció el mundo.
     De manera inconsciente se dirige a esa ventana, y al hacerlo, descubre que su vecina ha dejado ligeramente descorrida la cortina. Incrédulo, por una fracción de segundos le parece observarla desnuda, para enseguida reaccionar y sacudirse la estupidez agazapándose en un rincón, temeroso de ser descubierto.
     Ya a buen resguardo y con todas las precauciones que el momento amerita, se dispone a mirar desde un ojillo, larga y de manera obsesiva, los macizos y bien torneados senos, el rostro de ángel recién caído del cielo y esos glúteos, duros como el mármol. A partir de ese instante se convierte en un fisgón consumado. Cada mañana a la misma hora y por el mismo canal se abre ante sus ojos el telón de lo prohibido, el mundo morboso del voyeur. La vida adquiere nuevo sentido. Sus ojos miran, su mente imagina… y su corazón se vuelve una locomotora.
     Un feliz día se topa con ella a la entrada del edificio, inicia una breve charla. Tiempo después la invita a comer. Salen cada vez que tienen oportunidad de hacerlo.
     Le han ofrecido mudarse a otra ciudad y un excelente sueldo, con el mismo puesto de supervisor, pero una y otra vez ha rechazado la oferta; dispuesto a quedarse con la mujer que ama y a no sentirse más un robot sin voluntad.

     Hoy, ella cepilla sonriente la rubia cabellera. Él tras de su espalda, acaricia embelesado la tibia redondez de esos senos. Después de mucho platicarlo deciden vivir juntos y cerrar, “en forma definitiva y para siempre”, la cortina que da, al apartamento de enfrente. 


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