ERNESTO PAZ LEÓN
(Poeta y escritor mejicano)
SU OBRA :
Mundos
paralelos (cuento)
Un hombre despierta, se
levanta y al dar unos pasos por la habitación piensa: que todo a su alrededor
es común y rutinario, tan común y rutinario; que no vale la pena el esfuerzo de
asomarse a la ventana y mirar, cómo es que amaneció el mundo.
Junto a su apartamento y precisamente frente a esa ventana, una
mujer madura, pero de carnes aún jugosas, se mira ante el espejo y cepilla con
placer la blonda cabellera. El cabello rubio le cae en forma de cascada por encima
de los hombros y hace gráciles cabriolas alrededor de los senos. Consciente de
su belleza, ensaya pequeñas actuaciones: uno que otro ademán, uno que otro
gesto por demás pícaro, para luego; en una mueca de triunfal coquetería,
humedecer los suculentos labios en el molusco de su boca. Se ríe de pronto, con
una carcajada tan sonora, que el cepillo se le cae de la mano. Entonces, sólo
entonces, se da cuenta que está sola... desnuda y sola.
Ambos viven en el mismo edificio, no se conocen, pero
enfrentan con estoicismo la misma soledad. Por separado cada quien vive a su
manera, o mejor dicho, “habita a su manera” la difícil transición de un
divorcio. La mujer es un alto ejecutivo en una empresa de publicidad. No es
feliz, porque además vive enfrascada en un mundo superfluo, donde la apariencia
lo es todo; desde el arreglo personal, hasta la actitud triunfalista que debe
asumir como buen vendedor de ideas. Él, es sólo un engrane más en una fábrica
de alimentos enlatados y como tal, trabaja como zombi por más de diez horas.
Aunque tiene un buen puesto dentro de la fábrica, el de supervisor, tampoco es
feliz, pues siente que desperdicia su vida encerrado en un robot sin voluntad.
Todas las mañanas, con puntualidad inglesa, de seis a siete,
lo primero que ella realiza es una rutina de ejercicios: caminadora o
bicicleta, después algo de gimnasia. Las partes de su cuerpo que más empeño
pone en ejercitar, son sin lugar a dudas las piernas, le siguen abdomen y
glúteos. Al final, siempre deja algo de espacio para tonificar y mantener en
forma las maravillosas pulpas de su pecho.
Él, como todos los días, se levanta muy temprano y así, con
ese método riguroso de la costumbre, realiza sin pensar sus actividades hasta
llegar al trabajo. De regreso, después de una larga y agotadora jornada, su
mente al llegar a casa se desconecta y se vuelve a poner en blanco. Un cuarto
de botella de licor y unas cuantas cervezas frente al televisor, una frugal
botana, “remedo de cena” para después irse a la cama.
A ninguno de los dos, por increíble que parezca, les atrae la
vida nocturna, no tienen familiares cercanos y no acostumbran frecuentar
amigos, por lo que viven solitarios, cada cual encerrado en su mundo. Está por
demás decirlo, pero ellos no tuvieron oportunidad de conocerse y, ni falta que
hacía, pues ambos carecían del tiempo necesario para dedicarlo a su respectiva
pareja.
Hoy, la ventana que da al apartamento de enfrente muestra un
espacio vacío. Él se mudó de ciudad para iniciar en otra, mucho más grande, el
arduo trabajo de la supervisión. Es cierto que sus ingresos más horas extras
aumentaron en forma sustancial, pero los alimentos enlatados que tan
celosamente vigila, vuelven a ser su única compañía.
Ella, como todos los días, cepilla una y otra vez la rubia cabellera.
Aunque han pasado los años y en su rostro se han marcado ya los pliegues del
tiempo, aún ensaya pequeñas actuaciones frente al espejo.
3, 2, 1…
Un hombre
despierta, se levanta y al dar unos pasos por la habitación piensa: que todo a
su alrededor es común y rutinario, tan común y rutinario; que no vale la pena
el esfuerzo de asomarse a la ventana y mirar, cómo es que amaneció el mundo.
De manera inconsciente
se dirige a esa ventana, y al hacerlo, descubre que su vecina ha dejado
ligeramente descorrida la cortina. Incrédulo, por una fracción de segundos le
parece observarla desnuda, para enseguida reaccionar y sacudirse la estupidez agazapándose
en un rincón, temeroso de ser descubierto.
Ya a buen resguardo y con todas las precauciones que el
momento amerita, se dispone a mirar desde un ojillo, larga y de manera
obsesiva, los macizos y bien torneados senos, el rostro de ángel recién caído
del cielo y esos glúteos, duros como el mármol. A partir de ese instante se
convierte en un fisgón consumado. Cada mañana a la misma hora y por el mismo
canal se abre ante sus ojos el telón de lo prohibido, el mundo morboso del
voyeur. La vida adquiere nuevo sentido. Sus ojos miran, su mente imagina… y su
corazón se vuelve una locomotora.
Un feliz día se topa con ella a la entrada del edificio,
inicia una breve charla. Tiempo después la invita a comer. Salen cada vez que
tienen oportunidad de hacerlo.
Le han ofrecido mudarse a otra ciudad y un excelente sueldo,
con el mismo puesto de supervisor, pero una y otra vez ha rechazado la oferta;
dispuesto a quedarse con la mujer que ama y a no sentirse más un robot sin
voluntad.
Hoy, ella cepilla sonriente la rubia cabellera. Él tras de su
espalda, acaricia embelesado la tibia redondez de esos senos. Después de mucho
platicarlo deciden vivir juntos y cerrar, “en forma definitiva y para siempre”,
la cortina que da, al apartamento de enfrente.

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