La interpretación en función del
afluente colectivo impone una visión irreverente que soslaya el conectivo
individual y abre el sublime continente imaginativo. Conmueve por su dosis
realista y atrapa la conexión lógica del predicado que intuye cada conciencia y
procrea la estética que, cual espejo, devolverá en pasión, una sucesión de
rápidos instantes donde queda atrapada la sinapsis de un acto.
El dramaturgo estira la pasión en
dosis de encumbrados quilates que
obligan a la platea a pergeñar el aplauso. La plataforma debe ser adecuada al
misterio de la representación y acorde a la expectativa del público que
observa.
En esta empresa importa siempre
la definición del número y la elegancia de la forma; la palabra adquiere
sentido, si lo tiene el ambiente secundario en que se sucede la escena.
El vuelo magistral, la potencia
de la escena, adquiere dimensión cuando existe lo biunívoco entre el artista y
su público.
La representación no es,
digámoslo en forma negativa, imitación de voces y personajes sino, abstracción
y arte puro.
“No se es viejo por tener
arrugas, sí, por acumular años” – dice un arponero amigo.
En cada teatro, la magia de una
obra se torna fundamento y estría, mientras se apagan las luces y sólo queda el
pulso de los actores en el escenario. En esa representación es la misma
acuarela del mentor de la obra transmitir el ritmo de su bosquejo que,
apasionadamente, cristalizó a partir de una realidad tácita de matices auténticos
pero rellena de verdaderas ilusiones.
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