No soy astrónomo ni muy
observador de los fenómenos cósmicos, pero veo en el cielo estrellas y planetas
que se apagan. Veo, hasta sin entender, el prolegómeno existencial de la
materia que se sumerge en un espacio oscuro que lo devora y limpia de energía la
vida lateral. Un astrofísico podrá explicar este fenómeno y dar a partir del
pergamino de su verdad escolástica, el origen de esta síntesis abstractiva del
universo a través de la cual la materia se devora a si misma entre agujeros sin
color.
Lo anterior, me permite
reflexionar, que en los cielos de mi país, cada día, muere una ilusión a partir de un paradigma que se frustra ante
el engendro de una energía yuxtapuesta a la razón, y no muere sólo la materia
viva sino, la herencia posible de una historia de país que destelló en la
galaxia y hoy, marchita, deja apenas una voluta de humo blanco.
Es que los consabidos discursos
de políticos abanderados por la estrella, han roto el eje primario de la verdad.
Han cruzado el espacio con naves rojas de odio o naves amarillas de mentiras,
aquel umbral permitido, y han regado de doctrinas de dados la posibilidad de la
sociedad de creer en si misma y multiplicar sus dones.
Sus caras cúbicas han aplazado el
plano y denostado la faz de la tierra. El eje de rotación ha virado como 1800º
alrededor de un himno y una bandera; pero el herpes capital está tan vivo en
cada piel, que la espada se derrite ante el intento de domesticarlo o pierde el
filo del que la ha forjado o del
herrero.
En mi cielo, LA ARGENTINA, el cosmos,
es una figurita difícil de encontrar, si se quiere coleccionar en un álbum. Somos
un protón siniestro en un núcleo de pavos reales. Somos herencia de otros
pueblos y vergüenza de nuestros ancestrales. Así, yo entiendo como, la agudeza
del genio pretor echa ancla en nuestros mares y nos somete a ser una gavilla de
pobres insensatos. Nunca nos hermanamos como pueblo, siempre buscamos
diferencias para ser otros mejores y “somos” más iguales de pobres que antaño y
ahora.
El cielo no escatima en verdades
y regala su asombro permanente ante cualquier ojo, pero en nuestra dimensión,
según nuestra idiosincrasia, los OJOS son privilegios de unos pocos, de
aquellos apellidos con abolengo o de aquellos apellidos encumbrados.
MIENTRAS que no concurra el sano
criterio de construir una república para todos, debemos soportar el martillo
del capitalista que se roba nuestro presente y amordaza nuestro futuro.
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